Tu recuerdo

Llevo toda la noche pensando en la camiseta de pijama con la que duermes. Es extraño. Aún me acuerdo de cómo hueles y de cómo odias las luces de colores que iluminan tu habitación oscura. Oigo tu respiración, casi puedo tocar las sábanas que te esquivan por el calor que hace en la habitación y ver tus labios dormidos. El ventilador me molesta, me golpea en una parte de la cara y me recuerda el calor que tengo en el resto del cuerpo y que no puedo paliar. Me acuesto a tu lado y, a pesar de que tienes la piel ardiendo, beso tu costado e imprimo la silueta de mi cara en tu pecho.

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Blanco sobre blanco de Malevich

Tantos recuerdos y el tiempo pasa y los difumina. Me termino por frustrar. Ni siquiera puedo explicar el tacto de tu piel, mucho menos invocarte esta noche, ser testigo de cómo bajas la guardia y cómo te lleva Morfeo.

Me tendré que joder.

Farándula

Hay un libro que me lleva dominando desde que empecé su lectura. Me costaba pasar página, entenderlo a veces era una agonía y tocar por última vez la contraportada ha sido todo un doloroso placer.

Me enamoré de la prosa de Marta Sanz leyendo Daniela Astor y la caja negra. No tiene mucha más explicación más allá de que la autora es una de las mentes más lúcidas que tiene este país. En 2015 fue condecorada con el premio Jorge Herralde por su novela Farándula. Allá que fui yo como hechizada a comprar el libro y no ha sido hasta ahora que he tenido la oportunidad de leerlo.

Me sabe mal decir que esperaba más, quizá el tema no fuera nada que me apasionara. El “anti-glamur” del mundo del espectáculo. Es un genial calco de lo que es el mundo de la farándula española. El complejo frente a todo lo americano, la izquierda caviar que reivindica lo social en las galas de los Goya. Izquierda caviar, izquierda caviar, izquierda caviar. Se han convertido estas dos palabras unidas en algo que repito sin cesar.

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Ha tardado en engancharme la historia (si acaso puedo decir que me haya terminado de enganchar) y creo haber encontrado demasiados personajes que no terminan de darle ningún sentido añadido a la obra (o es así o es que yo soy muy tonta).

Valeria hizo un esfuerzo para verse a sí misma dentro de veinte o treinta años, y decidió que lo mejor sería volver a fumar, excederse con la ginebra y con las malas compañías, follar sin condón y no lavarse, comer pasteles y torreznos en las barras de los mesones, apoyar las nalgas en los retretes públicos, salir a la calle para aspirar bocanadas de dióxido de carbono. Pensó: <<Será mejor morirse pronto.>>

Valeria es una actriz madura, de familia de tradición en el mundo del teatro, que se enfrenta al hecho de que ya ha llegado a cierta edad en la cual toda su experiencia juega en su contra por el hecho de que le falte algo tan imprescindible como es la juventud. Da clase de teatro a jóvenes como Natalia de Miguel, que comienza siendo en el libro una atolondrada estudiante de arte dramático y que termina por coronarse como un icono de la “farándula” por su participación en un reality. Comienzan los maravillosos contrastes que hace la autora: experiencia, lucidez, madurez; frente a la inocencia, la estupidez y la juventud. Valeria y Natalia son personajes que en un momento dado de la historia se dan de la mano como amigas y que por sus diferencias y por los celos terminan por situarse a los extremos de los polos.

“Valeria se encontró en la horrible disyuntiva de decidir si era peor esa soberbia hiperbólica o esa falsa modestia que, con el paso del tiempo, erosivamente, como la gota serena de las torturas chinas, había ido creando un poso para que los ignorantes alardearan de su ignorancia y los empollones se encerrasen en cuevas o fuesen considerados la escoria del mundo.”

Se tiene en mucha consideración lo social. Personajes como Lorenzo Lucas, un actor maduro y reaccionario que camela a la jovencita Natalia de Miguel. Ensayos en los que no se cobra hasta que no se estrene la obra y se vean beneficios. Y al lado contrario un Daniel Valls, actor de éxito y ganador de la copa Volpi, que desde su piso en París pretende hablar de lo social. Más contraste, el “débil” Valls frende al duro y curtido Lorenzo Lucas.

“Lo difícil no es ser un héroe en tiempos de guerra; lo difícil es ser un héroe en tiempos de paz. […] Salvar al gatito de la señora MacCalahan. Reciclar el vidrio. No engañar a la Hacienda Pública en la declaración de la renta.”

Lo difícil es detectar cuándo los tiempos no son buenos. Cuándo la normalidad no es normal y existen razones para coger el caballo alado y cortar la cabeza de una Medusa siempre despeinada y muy necesitada de pasarse una lendrera. Razones para ponerse impertinente. Quizá es que los tiempos buenos no existen, son lugares quiméricos, y siempre hay que estar con el sable en alto.

El libro es tan gris como la portada del libro (más o menos). Es el lado oscuro de que se esconde detrás del telón. Mientras lo leí me venían a la mente nombres de actores y actrices del panorama español y recordaba el tiempo en el que yo hacía teatro y sentía todo el desasosiego y desesperanza que se lee entre líneas en toda la obra.

Passiflorane, Lexatin, Orfidal, Trankimazin, Atarax, Calmol, Xanax […] Nombres de colosos y robots. Dioses de un nuevo Olimpo.

Amo a Marta Sanz, pero desde luego este no es mi libro.

La muerte sin funeral

Somos unas cuántas mujeres. Hablamos, no de lo que hablan las mujeres, hablamos como puede hablar cualquier persona. Sin género. Disfrutamos del verano y nos conocemos. Con pequeñas broncas, ataques de risa y tristeza, algo de melancolía. Arranques de sinceridad y la sonrisa cómplice del que sabe que delante tiene a una persona a la que tiene cariño. Vuelvo a casa en el coche y pienso en la traición, esa daga afilada que amenaza más desde la imaginación que desde la realidad, porque por mucho que se cure la herida que un día hizo la traición, jamás desaparece el recuerdo de cómo se clavaba en la carne tibia.

Me asombra encontrar personas especiales. Es un gran ejercicio de autoconocimiento. Mientras realizo mi ritual nocturno de lavarme la cara y los dientes se me llena la cabeza de mariposas y de insectos aterradores, se persiguen unos a otros. En cierto equilibrio me asaltan pensamientos salteados de alegría y tristeza.

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Tiene gracia que piense en la muerte habiendo pasado una gran noche junto a personas tan cálidas, pero es inevitable, la asocio a tu desaparición. Desprecio el luto, porque nunca hubo un funeral, nunca una mano que se sacudiese en señal de despedida. Se crea la amarga sensación de que has muerto y de que nunca lo has hecho. Las emociones se confunden, te lloro porque te he perdido y te festejo porque nunca te has ido. Lo triste de todo esto es que después de una noche de ciertos excesos, el tequila me da la lucidez suficiente como para poder determinar el hecho de que estoy constantemente buscando un sucedáneo que me aporte todo lo que tú me aportabas. Voy buscando emociones y son felices, porque son nuevas y divertidas, pero son amargas porque no se parecen a todo lo que he vivido. Y aparece la sensación de que el mundo gravita, de que nunca se posará la misma golondrina en el alféizar de la ventana y de que en las estaciones sólo venden billetes de ida, pero nunca hay trenes que hagan la trayectoria de vuelta. Todo se mueve, nada es estático. Hermes Trismegisto ríe desde donde quiera que descanse su esencia.

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Me asusta el cambio. Ocurre en mi interior, ocurre en la superficie de mi cuerpo y en todo lo que observo a mi alrededor. Pero por fin me acuesto en la cama, el placer del reposo grita por cada poro de mi piel y parece que desaparecen las reflexiones. Veo desde la cama el libro de Farándula de Marta Sanz sobre el escritorio y la pereza me invade. Voy por la página 74 de 231 y no veo el momento en que empiece a engancharme. No dejo un libro sin leer, me esfuerzo por terminarlos, pero ojalá encontrase uno que me enganchase. Así que se aceptan recomendaciones.

Sardenia, bella

Desde hace tiempo, cuando tengo hambre, ingiero cantidades ingentes de recuerdos. No es sano, en tanto a que hay algunos indigestos. Demasiada alegría o puede que mucha tristeza que asumir en un mismo viaje mental. Luego hay recuerdos agridulces: la tristeza después del sexo. El estado de ánimo, no relacionado con la calidad del mismo, se da por la inutilidad de resistirse a despertar, tras el orgasmo, en una realidad punzante. Pero eso ahora da igual.

Hace poco volví de Cerdeña. Me cuesta decir Italia para definir aquella idílica isla, no con afanes independentistas, sino por la peculiaridad de los sardos (así se llaman así mismo los habitantes) y por la singularidad de la vivencia. Parece que cuando algo es especial cuanto más lo especificamos, con mayor exactitud logramos contagiar su belleza y peculiaridad.

Mamá y yo cogemos el avión en Alicante, volamos a Roma y de Roma a Cagliari. Llegamos de noche y nos espera Andrea (nombre de hombre, para aquel que esté desprevenido) en el aeropuerto. Un Fiat 500 grande nos lleva a Pula, un pequeño pueblo encantador hasta de noche. Conduce con gran celeridad y no me molesta, tampoco lo hicieron las turbulencias del vuelo Roma-Cagliari. Pienso que llevo bien las cantidades moderadas de terror, el hecho de jugar con el peligro, que exista la mínima posibilidad de que todo se vaya a la mierda y que yo no lo pueda controlar. Como diría Amélie Nothomb: “hay un lado voluptuoso en lo que nos martiriza”.

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Playa de Nora

Me he abandonado totalmente al hedonismo en el viaje. Es la primera vez que me siento turista, de esos que veo diariamente en el centro comercial disfrutar de las playas, el calor y la piscina sin pausa. No creo que haya comido nada más allá de pizza, pasta y pannacotta. He bebido Vermentino, ginebra y limoncello. He dormido en las horas más cálidas del día, me he quemado los muslos por la mañana y he disfrutado de la madrugada en compañía de personas que valen su peso en oro.

Podría escribir todos los nombres de las personas a las que he conocido. Si tuviera que bautizar un hijo mío con un nombre italiano tendría desde luego infinidad de opciones aprendidas en este viaje. Me encanta conversar con Andrea, el desde el 1 de junio marido de mi amiga Ansy. Los que somos invitados por parte de la novia somos apenas 6 personas, mientras que por la parte del italiano son entre 30 y 50 personas (me lo pasé tan bien bailando en la boda que, lo siento mucho, no conté exactamente la cantidad de comensales que había). Hacemos una piña la parte islandesa y durante los 10 días que estamos en Pula somos como una pequeña familia. Desayunamos, comemos y cenamos juntos. En la mesa se discuten asuntos como mi vida amorosa (si es que la hubiera), los dolores de espalda de Krissi (el padre de la novia) y entre todos nos turnamos para acunar y entretener al pequeño Domenic, que con apenas 7 meses ya pesa 10 kilos y Dios sabe lo que mide. No hace falta que diga lo enamorada que me tiene el niño. La tarjeta de memoria de mi móvil está llena de fotos del bebé, la playa y del bebé en la playa. En un determinado momento del viaje empieza a perturbarme el hecho de que puede que los padres no quieran que comparta las fotos del niño por las redes sociales y me planteo que sin ellas prácticamente no tengo ningún testimonio de haber estado pasando las maravillosas vacaciones que estaba pasando.

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Vista de Jingles desde Piazza di Popolo en Pula

Me quedan en la memoria tan buenos recuerdos que recorrerlos es una fuente de placer extraordinariamente útil cuando de vuelta a casa me asaltan momentos de ansiedad. He vuelto de Cerdeña con ilusión, he vuelto con ganas de casarme (relájate, por favor), con cierta dosis de estoicismo que se suma a una incompatible ambición por la vida. Asumir la mierda y ser más fuerte. Suena hasta inspirador.

El motivo del viaje fue la boda y aún no he mencionado una sola cosa que ocurriera allí. Fue como una boda gitana (quizá exagero pero ahora entenderéis por qué). Todo comienza oficialmente un 31 de mayo, en el cual los novios se dan el sí quiero en una preciosa villa perteneciente al ayuntamiento de Sarroch. Éramos pocos y hacía calor. Tanto que nuestros genes del norte sucumbieron a la humedad mediterránea. La madre de la novia, la novia y yo sudábamos como si fuésemos duchas rotas. Aún así desprendíamos elegancia y el sudor en nuestros rostros, aún a pesar de sentirse como algo horrible, no dejaba de ser un ligero brillo. Será que el amor me pone optimista. Fue precioso ver cómo los novios intercambiaban anillos, los nervios de los testigos, el momento de la firma de los papeles y, lo mejor de todo, fue ver cómo la madre del novio rompía un plato cuando los recién casados salían de la mano a la calle.

Hubo un cóctel frente a la playa de Nora. Es curioso ver cómo italianos e islandeses se relacionan. Nunca negaría la invitación a una fiesta italiano-islandesa. Creo que con eso lo digo todo. Todos volvimos a casa con alguna que otra copa de más. Nora de noche es preciosa, pero más lo fue caer después de un día agotador en la cama. Nos hospedábamos en la casa de Alexandra en Pula. Mi madre se empeñaba en decirme que aquello había sido una antigua cárcel y me insinuó que aquella casa no estaba espiritualmente tranquila. No lo noté especialmente, entraba la brisa por la ventana de la habitación y me dormí con la tensión de que había que madrugar al día siguiente.

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Vino y fruta en Terrazza di Nora

Día de boda 1 terminado. Comienza la fiesta de verdad. Partimos por la mañana temprano al hotel donde se va a hacer la ceremonia a la que van a asistir todos los familiares (en la del día anterior apenas asistieron los más íntimos de los novios). Decidimos hospedarnos  en el hotel donde se celebra la boda, porque coger un taxi para volver a Pula (el hotel está en Capoterra) es igual de caro que una noche en el hotel y merece la pena. Lo merece por la imponente piscina que hay en el jardín, por la habitación que tiene acceso directo a éste y por el fantástico tiempo que hace. Cargamos con los bikinis en la maleta, aunque finalmente hay tanto que preparar para la boda que no tenemos tiempo para usarlos.

La novia se tiene que arreglar. Ir a la peluquería a peinarse suena como una buena idea. A pesar de mi pelo corto, me convenzo a mí misma para que me peinen. Nunca he ido a la peluquería para peinarme: ni en mi primera comunión ni en ninguna ocasión pomposa que se me haya presentado. Hay tanta cola para peinarse que la peluquería se colapsa. Todas las asistentes a la boda terminamos a tiempo y de vuelta al hotel comienzan a sentirse los nervios en la novia y su madre. Tuve el placer de fotografiar a la novia mientras se maquillaba y se vestía. No sabéis lo guapa que estaba, cuanto más la miraba más deseaba ser ella. Estaba a punto de prometerse la vida con el prototipo de italiano. Al verlo por primera vez vestido con su traje negro en el jardín donde se iba a oficiar la ceremonia no pude evitar pensar en la mafia italiana. Si realmente existían todas aquellas historias de poder y jerarquía yo me encontraba en ese momento frente al prototipo de un italiano mafioso.

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¡Auguri, Ansy e Andrea!

Me divierto mucho. Hay mucho vino, la cena es fantástica y termino la noche dirigiendo una conga. Dios me libre de ver fotos de aquel momento. Hay en una mesa del salón del convite una pequeña cámara que imprime las fotos nada más hacerlas. Un hombre me persigue para hacerse fotos conmigo, me río con él y brindamos. La noche termina a las 5 y en mi cámara ya hay 1500 fotos aproximadamente.

En este punto del viaje estoy agotada. La boda no termina con el sí quiero y los días siguientes continuamos saliendo a cenar y quedamos en la playa. Duermo mucho (cuando puedo) e intento quedarme muy quieta para que no pase el tiempo. Pero pasa y muy rápido. Los últimos días son agridulces: la dulzura del recuerdo, el disfrute del presente y la amargura de saber que el futuro pondrá fin al viaje. Conozco a Marina y a Marleine, madre e hija, alemana e italiana. Me llevan a Cagliari, me invitan a helado y me enseñan los lugares más bonitos de la ciudad. Me recuerda mucho a Alicante, sólo que Cagliari tiene más cuestas (insoportables bajo el calor). Alessandro y Martina, una joven pareja emparentada con el novio, me vuelven a llevar a Cagliari, esta vez de noche. Me enseñan la fiesta, la playa del Poetto (no muy frecuentada por turistas, me dice Alessandro) y caminamos tanto que me arrepiento de haberme calzado unos tacones.

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Corso Vittorio Emanuele en Pula.

Todo termina. Todo se esfuma. Tengo la sensación tras escribir todo esto que se me escapan demasiadas experiencias, demasiadas expresiones. Me acuerdo de una metáfora de Flaubert: “la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas”. No creo que pudiera tener más razón.

Quería ser Soko (sigo queriendo)

Anoche estuvimos hablando en la madrugada. Le dije toda la verdad. Que quería tener el pelo negro y rizado, despeinado y la mirada felina de Soko. “¿Para qué?” se indignó. Y le dije que tanto servía ser quien yo era que ser cualquier otro ser de la faz de la tierra. Me he cansado de mi pelo rubio y de la mueca de mis labios.

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Soko para @pusspussmag por @rebekacampbell

La conversación estaba en el aire. De vez en cuando trepaba a su espalda, interrumpiéndole. Él leía (o al menos lo intentaba) a Arthur Miller en la cama, yo había sitiado su habitación y reinaba el desorden por todas partes. Le agobiaban todas mis cosas. “Cada vez que sales de tu casa parece que te vas para no volver” decía y se indignaba por el caos que había organizado. Ropa interior doble (o triple, la menstruación es traicionera), un pijama (aunque ya había dejado uno o dos en su casa para las veces que dormía con él), varias posibilidades de conjuntos de ropa (más de uno, las manchas acechan en cualquier lugar y todo el mundo sabe que no todos los días te puedes poner cualquier cosa). Se sumaba a mis libros. ¿Unos segundos zapatos por si salíamos a correr? Sabíamos de sobra que cuando estábamos juntos sobraba el mundo y yo me empeñaba en tenerlo todo por si cualquier cosa ocurría. ¡Dos cargadores de móvil por si uno se rompía!

Él veía mi actitud como un absoluto absurdo. No puedo quitarle toda la razón del mundo, pero sí podía llevarle la contra y no hay nada más satisfactorio que nadar a contracorriente (llena de energía, eufórica y feliz como estaba).

Seguía queriendo ser Soko entre todo ese desorden. Sólo tenía en mente su imagen y no tenía ni idea de si ella sería más ordenada que yo, pero confiaba en que quizá fuera así y quizá ella tuviese más temple, no se cabreara con tanta facilidad y no desbordase cinismo a todas horas. En definitiva, quería la estética de niño perdido de Soko, quería poder ostentar cierta sensualidad femenina y alcanzar una psique ideal. No me atrevía a decírselo a él, porque ya era demasiada la estima que tenía que verter sobre mí para disfrazar todos mis defectos. Temía que me tomase por loca, que me regalase un gato y que me abandonara a mi suerte.

Dios sabe cuántas veces ensayé su abandono. Era insoportable. Él funcionaba como una especie de neutralizador entre las cargas que constantemente chocaban dentro de mi organismo. Quizá le buscara un excesivo sentido biológico, pero de otra manera debía admitir que la culpa era mía, que podía cambiar yo misma y que, a fin de cuentas, era responsable. Nadie quiere serlo. Nunca.

Y me quedé sola. Y no fue por él. Fue culpa mía.

Otra vez, ahora, cuando recuerdo todo me vuelve a la mente la responsabilidad. Y sé que lame mi sombra, pisa mis talones. Es la costura que me incomoda en la sisa de una camiseta o la etiqueta que martiriza mi espalda a la altura del sujetador. Me doy cuenta de que nunca existió nada que me neutralizase, ni habían causas biológicas (no de momento, siguen diagnosticándome) y que ya no hay caos, ni cama mullida ni abrazos a las tantas. Estoy sola y la única que me acompaña es la losa de la responsabilidad.

Me empeñé en que fuera mi enemiga. “Responsabilidad, hija de puta”. Hasta que me doy cuenta de que es una utopía pretender ser un personaje de Peter Pan. Y continúo viva (no podía ser de otra manera si no he mencionado sangre), queriendo ser otra (Soko, por ejemplo) y buscando una nueva novela de la que formar parte.

Cuerpo: enfermedad o sexo, nada más.

Pensé que sería mucho más fácil. Para la que es una arrogante caer en la cuenta de que puede descubrir y aprender cosas nuevas es siempre de agradecer. No lo sabes todo, musita el hipotálamo (o puede que no sea el hipotálamo, porque nunca has tenido ni puta idea de biología y tu cuerpo sólo te interesa cuando intervienen la enfermedad o el sexo en él).

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Untiteled (Glass on body imprints), Ana Mendieta

Se acerca a mí el precipicio que son los exámenes. Caída libre. Me planteo por vez primera (una de otras tantas en la vida) el fracaso, abandonarme. Un cuatrimestre perdido no va a significar nada en mi vida. La ansiedad no es la solución, las lágrimas sólo humedecen las mejillas. Soy la reina del drama.

La enfermedad empieza a producirse como concepto en el dolor. El sexo en el deseo.  Y yo, ahora, comienzo en el reflejo que me devuelve el espejo. Me está costando conocerme, definir mis límites sin tus manos para decirme donde termino. Lo peligroso es que todo ese tacto ha podido moldearme, he podido ser una bella escultura tuya (o quizá sólo me hayas tocado como yo he querido ser y fuera yo la escultora).

Adoro relacionar el sexo y el dolor en una misma frase. Es como hablar de la muerte: comienzo y fin, alivio y tristeza, la maldita dicotomía que es Occidente y que éramos tú y yo. No teníamos ni idea de lo que ocurría, de lo permeables que éramos y cómo absorbíamos a Hegel cuando después de leerlo nos acostábamos y reíamos mientras yo sentía el miedo de que algo horrible nos arrollara.

De momento la ciencia no ha encontrado solución y no se han patentado los finales felices. Mientras tanto duran los somníferos, las noches de abandono al alcohol y la duermevela bajo el edredón (hasta que aparezca el calor). Puedo conformarme, de momento, será más que suficiente.

Caléndulas en mayo

La primera casa en la que vivimos en España estaba en una urbanización cercana a la costa. Aquello estampa podría significar fácilmente el asentamiento colonial de los extranjeros del norte de Europa en el sur de Alicante. Vuelos, comida, casa y estilo de vida barato. Con tres añitos y a las faldas de mi madre recorría apartamentos de todo el lugar mientras ella los limpiaba junto a mi tía. Supongo que fui un bicho insoportable. Recuerdo aquellas mañanas y tardes dibujando, haciendo calcomanías y cantando canciones de Miliki. Nada mal para una mañaca anaranjada por el bronceado y de pelo tan rubio que no se diferenciaba del blanco.

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The Marigold Fairy de Cicely Mary Barker

Los veranos eran maravillosos. Más aún lo era terminar el colegio, los dos últimos meses de mayo y junio. Cangrejeras en los pies, camisetas de colores chillones de algodón y la gotita de sudor en la frente al correr de aquí para allá. En el barrio en el que vivía tenía por costumbre cortar las caléndulas de la maceta de la vecina. Eran moradas y más de una vez me llevé una bronca por destrozar aquel milagro de la jardinería que la setentona madrileña se dedicaba y esmeraba por mantener. Las pocas que pude hurtar fueron de gran agrado para mi mamá.

Ahora no robo caléndulas, pero las recuerdo sin cesar. Busco el olor de una flor que pertenece al imperio de mi infancia. Pueden ser caléndulas, rosas o blancas azucenas. Es cosa de cada cual buscar ese algo que tuvo en la infancia que ya no está. La imperante tranquilidad, ese falso mito, pues fuimos tristes también de niños.

Lo sagrado

Me he frenado mucho para volver a escribir algo. Mi madre me ha empujado a hacerlo. Dice que tengo que hacerlo sobre princesas y caballos blancos sobre los cuales hayan caballeros andantes. No sé yo cómo llevo los cuentos a estas alturas. Me decantaré por lo que mejor sé hacer: quejarme

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El “Martha McKeen” de Wellfleet, Edward Hopper (Museo Thyssen-Bornemisza)

Andamos desorganizadas mi agenda y yo. Después de volver del frío, acostumbrarse a asarse bajo la sudadera cuando una sale a hacer ejercicio es un lujo no muy fácil de tolerar. Suspiro, porque veo al verano acercarse por el camino y la ansiedad se acumula en mi pecho. No hay peor época que el verano. Momento en el que el cuerpo se expone al rey Sol y el imperativo es el bronceado. Pero no será mi caso.

LO SAGRADO

El maquillaje es sospechoso siempre.

Tú, recién levantada de la cama,

sin nada que no sea tu glorioso

cuerpo gastado por las decepciones

y por los desengaños, pero erguido

como un árbol al viento de la vida

que se lo lleva todo por delante:

esa es mi religión, esa es la única

visión de lo sagrado que conozco.

LUIS ALBERTO DE CUENCA

Quiero ser ese “árbol al viento de la vida”, erguido pero necesito darme un momento. Y mejor será que me calle y recueste mi “cuerpo gastado por las decepciones“. Es la única forma de acallar la bruma de mi cabeza.

Tú, inmundo y detestable ser

No me cabe la rabia en el pecho. Achico rabia después de que pocas palabras hayan causado la peor tormenta que creo recordar entre las fronteras de mi cuerpo. No sabes cuánto asco me produces. Intento vaciarme de ti, me muerdo la piel y te arranco a cachitos con restos de piel, venas y arterias, todo el tejido que compone mi ser. Resulta grotesco y el espejo me devuelve la imagen de un ser metamorfoseado en bestia.

Es digno de ser filmado cómo me arranco el odio, también el amor (excesivo según juzga la parte infectada por la ponzoña del odio). No quiero que quede nada de ti. Ni los mocos, ni el polvo, ni fotos, ni acaso rastro de la sombra que algún día arrojara la presencia de tu cuerpo.

Digo todo esto mientras el estómago se me trenza y retuerce. Llamo a la calma, la invoco cuando ya no existe y me acuerdo de tu cara, intento acertar cómo hueles y apaleo el espectro que mi mente genera de ti.

La rabia se convierte en sujeto de mi cuerpo. Espero que te lluevan pedruscos de granizo y que su estado líquido sea el de la desgracia. Sea tanto el dolor como pueda llegar a ser de profundo el mar. Tanta la luz que te ciegue los ojos y que en ellos se albergue la más aterradora oscuridad.

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La tempestad amaina hasta cierto punto, la calma llama a que mis lágrimas calmen su descenso y pienso en la tierra. Me acuerdo del único momento en el que la soledad es bella. Lo es cuando viajo a la ciudad y conduzco entre las montañas y la calma es absoluta. No existe el velocímetro, ni mi imperante adicción al teléfono hace acto de presencia. Es un estado de contemplación absoluta. Hay veces que quiero llorar y me dejo llevar por el pulso de mi imaginación. Paro el coche, me bajo, comienza a nevar y susurrando poemas sobre pescadores y hombres de mar me sepulta la nieve. Me fundo con la naturaleza y mi cuerpo se deshace según vierto más y más lágrimas sobre el paisaje del que comienzo a formar parte hasta ser completamente una tundra salvaje pero calmada. Soy nieve, cielo, piedras y profundo silencio. Luego despierto del letargo y me doy cuenta de que conduzco a una velocidad que tengo que censurar por lo sorprendentemente alta que es.

Me sigues doliendo, nunca podré detener el torrente que arroja tu recuerdo. Pero cambiaré de estrategia y mi arma contra ti será la del silencio. Tu recuerdo morirá, nadie oirá el testimonio de tu existencia por mi boca cuando mueras, te enterraré cuando me sepulten. Ojalá no sea en muy pocos años, por mucho que me pese que a pesar de toda la rabia, vayas a ser una parte inherente de mi ser en todo el tiempo que me quede.

Cicatriz

 A veces la vida transcurre de manera insulsa y caemos en el tremendo error de decirle a todo que sí, creyendo que aceptarlo todo nos va a llevar a encontrar el mundo de mejor manera a nuestros ojos. Soy una de esas personas. Me ha ocurrido que he caído en ocasiones en la pasividad, no acertar al omitir la voluntad propia. Es difícil darnos cuenta de lo que realmente queremos. Debiera ser la asertividad algo que forjaramos con mayor ahinco.

Cuando iba en el avión de camino a Islandia comencé a leer Cicatriz de Sara Mesa. Justo el día anterior lo había recogido de la biblioteca, es un ejemplar recientemente comprado, y el trayecto de ida se me antojaba la perfecta ocasión para sumergirme en la lecutra. No llevaba auriculares, tampoco mi iPod y no tenía pinta de que fueran a proyectar ninguna película en el viaje.  Me sumerjo e la lecutra y todo comienza con Sonia, una joven becaria, que mata el tiempo, en el archivo en el que trabaja, navegando por internet. Su interés por la literatura le lleva a un foro y allí conoce a un misterioso Knut Hamsun que, gracias a la intriga, la irá absorbiendo poco a poco.

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No tengo que mencionar lo magnífico de esta novela, sólo el hecho de que la leyera en las 4 horas y media que dura el trayecto lo demuestra. No recuerdo haberme sentido tan enganchada a una novela en mucho tiempo. Me distraigo demasiado, pero no he conseguido distraerme con Cicatriz. Tiene algo enfermizo, algo latente del momento en el que vivimos y es el hecho de que la tecnología se haya humanizado. Tú y yo, sentados frente a la pantalla de nuestro ordenador, móvil o tableta, humanizamos un aparato electrónico al que le damos vida. Chateamos, compartimos nuestras vidas a través de redes sociales y creamos un espectro de lo que queremos ser, un avatar virtual que viaja hasta llegar a cualquiera que sea el destinatario. Knut Hamsun, coprotagonista, es la encarnación de esa seducción a través del misterio. Sonia se deja llevar desde el momento en el que le envía la primera foto (aunque sea de carnet) al que es para ella un desconocido que le promete libros a cambio de esa primera foto.

¿Qué queremos ser? ¿Conseguimos proyectarlo bien a través de la red? ¿Qué imagen estamos creando? Según se va leyendo la novela, a través de Sonia, vemos madurar una relación que a veces es excesivamente asfixiante y en otras es un elixir que sacia la insatisfacción que siente la protagonista en su vida real. Vemos cómo va cambiando su percepción sobre el desconocido con el que mantiene una extraña relación y como la atracción que existe entre ambos se nutre gracias a la erótica de la distancia y del disfraz que les otorga esconderse tras la pantalla del ordenador.

La apatía se extiende como un cáncer, piensa. Como una enredadera, agarrándose firme en cada curva. Cada día mete menos fichas en la base de datos. Cada día falsea menos información. Cada día se dedica a tontear más y más tiempo. Encuentra en internet horas de distracción y juego, sobre todo en los chats, a los que muchos están empezando a aficionarse en esa época: diálogos, discusiones, mascaradas, un entretenimiento estimulante que le permite coger aire y ampliar las dimensiones de la sala.

Internet como una segunda realidad, como un antihistamínico que palia una de las alergias más peligrosas que es aquella que sentimos hacia nuestra propia vida. Que levante la mano el que esté libre de pecado ¿quién no ha mentido por internet? La distancia nos hace desentendernos de la realidad que vive aquel que se sienta frente al otro lado de la pantalla y nos desprendemos de la ética. ¿Queremos vivir la mentira que vive la otra persona que cree todo aquello que contamos?

¿Mentirosa? Se lo dijeron muchas veces, y ella se quedaba incómoda, contrariada, con una espesa sensación de culpa rondándole durante días. No pretendía engañar a nadie, piensa ahora. Sólo vivir otras vidas, Su curiosidad era -es- demasiado grande para ceñirla a una sola existencia.

Como cuando jugamos con las adicciones y aseguramos controlar y saber qué estamos haciendo, ocurre lo mismo con las relaciones. Sonia se deja llevar y termina permitiendo toda clase de comentarios que Knut hace sobre ella. Enmascarada, es poseída por un desconocido. Le recomienda libros que roba para ella, poco a poco comienza a exigirle su obligada lectura, le insta a escribir historias y termina por realizar críticas hacia Sonia por su  poca ilusión y falta de disciplina.

Es justo en lo privado, en lo más íntimo de cada uno de nosotros, donde hay que combatir la dejadez, la pasividad y la indolencia.

Aunque lejos de gustarme el tema de internet y las relaciones a través de él, tengo que admitir que esta novela ha sido tan grata como inesperada. Descubrir la prosa de Sara Mesa es como saborear miel tras haber comido cantidades ingentes de estiercol. Es totalmente amena, pero no falta en ingenio y originalidad. Me encantan las citas (he supuesto que son diálogos o bien interiores de Sonia , conversaciones de ésta con Knut o reflexiones de la propia autora) que abren en alguna ocasión los capítulos que dividen el libro.

No me considero inocente. ¿Cómo iba a poder serlo? La senda del conocimiento es la senda de la corrupción espiritual desde el día en que se mordió la manzana. La simple práctica de pensar ya conlleva una caída en esa corrupción. ¿Se es más puro sólo por no hacer lo que sí se ha pensado? Cualquiera que piense con cierta profundidad está expuesto a desazonarse.

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La relación de Sonia y Knut termina por escapar a toda lógica posible. Y no quiero destripar nada más pero, volviendo a la erótica que nos proporciona la distancia y que da rienda suelta a nuestra imaginación, quiero darle un valor especial a la siguiente cita:

También estaba la cicatriz, tu fea cicatriz. Te la vi, te lo dije, luego me arrepentí. Ahora me doy cuenta de cuán significativa era esa señal. Ni más ni menos que la constatación de una realidad que yo me empeñaba en disfrazar.

Aquí está. Toda la novela. Aquí, en este pequeño párrafo que es el clímax. Cae el decorado del teatro que teniamos frente a nosotros y descubrimos que todo era una ilusión. Ver a tu pareja sacarse un moco cuando lo tenías por un dios perfecto y padre de todo lo sublime que puebla la tierra. Al final descubrimos, no sin cierta amargura en el pecho, que no es oro que (parece que) reluce.